El Camino de Santiago: 266 kilómetros y dos palabras
¿Por qué más de 300.000 personas vienen cada año a hacer el Camino de Santiago desde todos los rincones del planeta?. Esta fue la gran pregunta que me hice al plantear esta ruta, ya que es una de las tres grandes peregrinaciones del mundo, junto con Roma y La Meca. A pie, en bicicleta, a caballo, incluso a vela.
Y aun así, cuando empiezas a pedalear, te das cuenta de que el Camino no va de cifras.
Va de dos palabras que oyes mil veces durante el viaje, en cualquier idioma, en cualquier pueblo, dichas por personas que no vas a volver a ver.
Buen camino.
El punto de partida.
Decidí hacer el Camino Francés desde Astorga hasta Santiago de Compostela. 266 kilómetros, cinco días, atravesando León, El Bierzo, las montañas gallegas y la Galicia interior hasta llegar al Obradoiro.
De dónde sale todo.
Para entender por qué sigue viniendo tanta gente, hay que volver al siglo IX. Cuenta la tradición que el obispo Teodomiro, guiándose por una estela de estrellas, descubrió en el noroeste de la península la tumba del apóstol Santiago. De ahí el nombre del lugar: Compostela, posiblemente del latín campus stellae, "campo de estrellas".
A partir de aquel hallazgo, miles de peregrinos empezaron a venir desde toda Europa. La Iglesia y la nobleza apoyaron la ruta, los curas otorgaban indulgencias, el perdón de los pecados y a lo largo del camino se construyeron monasterios, hospitales y albergues para acoger a los caminantes.
Después vino el declive. Epidemias, guerras, los siglos XV y XVI dejando el camino casi vacío. Las infraestructuras cayeron en desuso y el Camino estuvo a punto de convertirse en una nota a pie de página.
Hasta que en la segunda mitad del siglo XX volvió a empezar todo. Escritores, líderes religiosos y académicos rescataron la ruta. En 1993, la UNESCO declaró Patrimonio de la Humanidad varios tramos, incluido el Camino Francés.
Hoy, sobre estas mismas piedras, conviven el motivo religioso de origen y mil razones nuevas. Aventura. Historia. Búsqueda personal. Despedida. Reencuentro. Cada peregrino trae la suya.
El primer día. Astorga – Ponferrada. La Cruz de Hierro.
Salimos de Astorga con dos puertos por delante. El paisaje arranca pisado, suave, atravesando pueblos como Rabanal del Camino, donde la bicicleta queda como sacada de una postal entre las casas de piedra.
Antes de coronar el segundo puerto llegamos a la Cruz de Hierro. La tradición dice que cada peregrino sube con una piedra de su tierra y la deja ahí, en lo alto, simbolizando que deja también una carga: una preocupación, un duelo, una culpa, lo que cada uno necesite soltar. La gente añade fotos, mensajes, objetos personales. Es uno de esos sitios en los que paras sin haberlo decidido.
Después, descenso largo hasta Ponferrada. Esa noche dormimos en uno de los albergues de asociación más conocidos del Camino Francés. 140 plazas, sin reservas posibles es por orden de llegada y precio "a la voluntad". Cocina común, lavandería, parking de bicicletas en un garaje subterráneo y comedor con vistas a Astorga. Es uno de los grandes secretos del Camino: el sistema de albergues, donde por unos pocos euros, o ninguno, duermes con peregrinos de medio mundo.
El segundo día. Ponferrada – Hospital. La subida a O Cebreiro.
Si la Cruz de Hierro es el momento simbólico, O Cebreiro es la prueba física.
Nos avisaron en el albergue: ni se nos ocurriera subir por el sendero de los caminantes, demasiado escarpado para la bici. Tiramos por la subida de la Faba. Tres kilómetros al 12% sostenido, pendientes que el GPS marcaba al 13, y luego dos más para coronar. Cinco kilómetros largos donde solo se oyen el aire y la propia respiración.
Por el camino te vas cruzando con peregrinos que llevan dos semanas caminando. Con grupos brasileños que tiran a fuego. Con gente que ha ido sumando pueblo a pueblo desde Saint-Jean-Pied-de-Port, desde Alemania, desde Italia. Y todos te dicen lo mismo cuando se cruzan contigo. Buen camino.
Cuando llegamos arriba, todos los albergues de O Cebreiro estaban completos. Tuvimos que pedalear cuatro kilómetros más hasta Liñares y, al final, terminamos en Hospital, en un albergue pequeño que acababa de abrir habitación. Lección aprendida: en temporada alta, el Camino se llena.
El tercer día. Hospital – Portomarín.
El tercer día arranca con descenso largo desde el Alto del Polo y un viento gallego que te recuerda dónde estás. Y, en mitad de la jornada, llegamos a Sarria.
Sarria es un punto clave. Está exactamente a 100 kilómetros de Santiago de Compostela, la distancia mínima exigida para conseguir la Compostela: el certificado oficial del peregrino. Eso significa que la mayoría de los peregrinos que solo quieren la credencial empiezan aquí. A partir de Sarria, el Camino se llena. De gente. De conversaciones. De colas para sellar.
El sello es otro de los rituales. La credencial te obliga a parar al menos en dos lugares cada día; bares, iglesias, albergues, oficinas de turismo y dejar tu rastro. En muchos de esos sitios, además del sello, los peregrinos dejan pequeños objetos personales: billetes de su país, monedas, fotos, mensajes. Cada bar es un pequeño museo accidental.
Cerramos el día en Portomarín, asomado al embalse de Belesar, con 62 kilómetros y la sensación de estar entrando en la recta final.
El cuarto día. Portomarín – Arzúa.
Lo decían los peregrinos veteranos en cada bar: "En Galicia, todo el rato p'arriba o p'abajo. Y cuando no, llueve."
Aquel cuarto día se cumplieron las dos cosas.
Empezamos subiendo un puerto largo de unos diez kilómetros con pendiente suave. A mitad de etapa el cielo se vino abajo. Llegamos a Palas de Rei sin ver la rueda de delante, parando bajo un alero a esperar a que aflojase. Le pasé mi chaquetón a Adriana y aun así estábamos los dos calados.
Habíamos planeado parar en Melide a comer pulpo, que es lo que se hace cuando pasas por allí. No paramos. Tirábamos directos a Arzúa con las manos congeladas y la moral con un agujero.
El quinto día. Arzúa – Santiago de Compostela. Llegar.
El último día son 40 kilómetros que se hacen solos. Los carteles van descontando: 25, 15, 10, 5. A los diez kilómetros sellamos la credencial por última vez.
Y entonces entras en Santiago.
La Plaza del Obradoiro es uno de esos sitios donde la arquitectura y la emoción colectiva chocan al mismo tiempo. Hay gente sentada en el suelo mirando la catedral. Gente abrazándose. Gente llorando en silencio. Gente que ha venido desde Saint-Jean-Pied-de-Port, desde Alemania, desde Italia, desde Brasil. Todos llegan al mismo lugar. Todos por motivos distintos.
Aquel día concreto, según la oficina del Peregrino, recogieron su Compostela 1.441 personas.
Lo que queda.
El Camino de Santiago no va de kilómetros ni de medias. No va de coronar puertos. Ni siquiera, para muchos, va de llegar a Santiago.
Va de las dos palabras que oyes mil veces durante el viaje. Buen camino. Te las dice una persona mayor desde la puerta de su casa. Te las dice un brasileño que te adelanta en una subida. Te las dice una alemana en el albergue. Te las dice el cura que te sella la credencial.
Dos palabras que en cualquier otro contexto no significarían gran cosa. Aquí significan: yo no te conozco, pero te deseo lo mejor. Aquí significan: estamos en lo mismo. Aquí significan: sigue.
El Camino te enseña que hay viajes en los que no importa cuántos kilómetros haces, sino qué dejas atrás.
Cada uno tiene su Cruz de Hierro.
Cada uno trae su piedra.
TRACK
LAS ETAPAS
- Día 1: Astorga – Ponferrada (puerto: Cruz de Hierro). ~52 km
- Día 2: Ponferrada – Hospital (puerto: O Cebreiro). ~55 km
- Día 3: Hospital – Portomarín (puerto: Alto del Polo, Sarria). 62 km
- Día 4: Portomarín – Arzúa. ~57 km
- Día 5: Arzúa – Santiago de Compostela. ~40 km
¿QUIERES VIVIR LA RUTA?
0 comentarios