Montañas Vacías: 250 kilómetros por la Laponia española
Llevaba tiempo queriendo hacer Montañas Vacías, pero cuando empecé a estudiar la ruta en serio me topé con un dato que cambia la forma de pedalearla. En el interior de España hay un territorio del tamaño de toda Bélgica donde la densidad de población es de tan solo siete habitantes por kilómetro cuadrado. Más bajo que en la Laponia escocesa. Más bajo, en muchos puntos, que en la Laponia finlandesa.
Y al revés que en Finlandia, donde la población al menos se mantiene, aquí los jóvenes se siguen marchando.
A esto lo llaman la Laponia española.
El punto de partida.
Salí de Fuentes Claras, un pueblo pequeño en el interior de Teruel donde se registró una de las temperaturas más bajas de la España habitada: 30 grados bajo cero. Por delante, 250 kilómetros y tres días pedaleando entre la Sierra de Gúdar, la Sierra de Albarracín y la Sierra Menera. Una ruta que su creador denomina "de resiliencia y esperanza".
Montañas Vacías nació como un experimento: ver si una red de itinerarios en bicicleta podía generar un impacto positivo en un territorio que está perdiendo gente desde hace décadas. Hoy es uno de los grandes referentes del bikepacking del sur de Europa. Y, sobre todo, una excusa para sentir, desde dentro, lo que significa la despoblación.
Porque aquí no se viene a disfrutar de la despoblación.
Se viene a sentirse parte de ella.
Tierras de sacrificio.
La gente con la que hablas en estos pueblos usa una expresión que se queda contigo. Tierras de sacrificio.
Desde la segunda mitad del siglo XX, estas zonas se vaciaron para alimentar a las grandes ciudades de la costa y del centro. Generaciones enteras de jóvenes se fueron a Madrid, a Barcelona, a Valencia. Lo que quedó atrás fueron pueblos cada vez más viejos, cada vez más pequeños. Hace 40 años, en algunos vivían más de mil personas. Hoy quedan trescientas. Donde antes había escuelas con noventa niños hoy hay aulas con veinte.
Y eso son los pueblos que aguantan.
Hay otros, muchos otros, donde quedan dos vecinos. Uno. O ninguno.
El primer día. Fuentes Claras – El Berrueco. 88 km.
Salí de Fuentes Claras a media mañana. A los diez kilómetros ya empieza a subir. El paisaje arranca verde y suave, atravesando pueblos pequeños conectados por caminos que cruzan colinas peladas. Pero el sol y la falta de árboles para refugiarte aprietan rápido.
A media etapa pasé por un pueblo donde la fuente no estaba conectada a la red y el bar de los fines de semana estaba cerrado en viernes. Tuve que llamar a una puerta y pedir agua. Una señora me explicó cómo bajar al siguiente bar, y al ver que tampoco iba a estar abierto, paré a un coche que pasaba por la calle. Un señor mayor me sacó una botella y me llenó los bidones sin hacer una sola pregunta.
Hay zonas en España donde esa escena no se da. Aquí, sí.
La parte más dura del día llegó después: dos montañas y un bosque quemado. Subiendo a las cuatro de la tarde, sin sombra, con las piedras grises a un lado y los troncos negros al otro, recordándote que aquí también se queman las cosas y que cuando se queman, no siempre vuelven. La última subida hasta El Berrueco fue criminal. 88 kilómetros, 1.500 metros de desnivel, y la sensación de haber atravesado más territorio del que indicaba el GPS.
El segundo día. El Berrueco – refugio. La etapa reina.
El segundo día arranca rodeando la Laguna de Gallocanta y se mete después en las antiguas tierras mineras de Sierra Menera, donde durante el siglo XX se extrajo hierro a gran escala. Cuando la mina cerró, los pueblos que vivían de ella; Ojos Negros entre ello, se quedaron casi vacíos. Hoy quince o veinte habitantes donde antes había industria pesada.
El paisaje es de los que no parecen España. Capas de sedimento marcadas en las laderas como cortes de un libro, prados altos que recuerdan más a Escocia que a Aragón, kilómetros de carretera infinita sin un coche. Y en mitad de todo eso, los molinos eólicos. Filas de aerogeneradores que producen aquí la energía que se consume cuatrocientos kilómetros más allá.
La gente del territorio no está en contra de la transición ecológica. Está en contra de que se haga así: extrayendo el recurso a una zona ya castigada para llevárselo a otra. La paramera de Blancas, uno de los paisajes más bonitos de la ruta, está en alto riesgo de desaparecer bajo los molinos.
Los últimos veinticinco kilómetros del día son para olvidar. Terreno completamente roto, piedras del tamaño del puño, pendientes en las que la gravel pierde la pelea contra la pared. Bajé de la bici y la empujé varios tramos. No es sitio para gravel. Aquí toca MTB.
Acabé el día en un refugio de cazadores. Una construcción enorme de piedra perdida en mitad de la montaña, con la puerta abierta y una habitación con eco. Sin electricidad, sin agua, sin nadie. Cama gratis para una noche en uno de los lugares más silenciosos de Europa.
El tercer día. El cierre del círculo.
El último día arranca con un tramo más amable hacia Santa Eulalia, donde toca llenar todos los bidones porque entre allí y Fuentes Claras ya no hay más pueblos. Después, una última subida "la zona roja del mapa", como me había avisado el creador de la ruta. Después tuve un descenso largo entre sendas, con flow, con curvas cerradas, con esa sensación de que la ruta te está regalando los últimos kilómetros.
Cuando llegué al punto de partida me crucé con una pareja que estaba empezando. Habían venido desde Gales a hacer Montañas Vacías. Específicamente.
Galeses, sentados en un pueblo de Teruel donde apenas viven trescientas personas, preparando alforjas para meterse tres días en uno de los desiertos demográficos más grandes del sur de Europa.
Algo se está moviendo aquí.
Lo que queda.
Montañas Vacías no es una ruta para hacer kilómetros. Es una ruta para entender un territorio.
Cuando sientes en las piernas las distancias entre pueblos. Cuando llegas a una fuente y no funciona. Cuando llamas a una puerta y un desconocido te llena los bidones. Cuando duermes en un refugio que existe porque aquí hay tanto sitio y tan poca gente que esa idea aún tiene sentido. Cuando ves los molinos llevándose la energía hacia las ciudades que años atrás se llevaron a los hijos. Empiezas a entender qué quiere decir tierra de sacrificio.
Y sin embargo, aquí sigue habiendo gente. Vecinos que no se han ido. Bares que abren los fines de semana porque alguien tiene que abrir. Proyectos como este que demuestran que pedalear por un territorio también es una forma de quedarse.
Las montañas están vacías.
La esperanza, no.
TRACK:
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