Pirinexus: pedaleando el Camino de la Retirada
Cuando empecé a estudiar Pirinexus esperaba un viaje físico. Cuatro días, 353 kilómetros, dos países, dos pasos por los Pirineos. Lo que no esperaba era el peso de lo que íbamos a pedalear por encima.
Entre el 27 de enero y el 17 de febrero de 1939, alrededor de 100.000 personas cruzaron a pie estos mismos puertos. En invierno. Familias enteras —mujeres, niños, ancianos— caminando bajo la nieve con lo poco que podían cargar, huyendo del avance franquista, sin saber qué les esperaba al otro lado.
Lo llamaron el Camino de la Retirada.

El punto de partida.
Pirinexus es una ruta circular de 353 kilómetros que sale de Girona, sube a los Pirineos, cruza a Francia y vuelve por la Costa Brava hasta Girona otra vez. Cuatro días pensados para hacerse sin prisa, atravesando los volcanes de la Garrotxa, los bosques del Pirineo oriental, los pueblos medievales del Empordà y, al final, el Mediterráneo como recompensa.
Pero la ruta es algo más que paisaje. Es la frontera por la que se huyó. Y eso, una vez que lo sabes, no se te quita de la cabeza.
Donde hoy pedaleamos, antes pasaba un tren.
Buena parte de Pirinexus rueda sobre antiguas vías ferroviarias reconvertidas en vías verdes. Y eso le da una textura única a la ruta.
Durante gran parte del siglo XX, por aquí pasaba el carrilet, un pequeño tren de vía estrecha que conectaba Girona y Olot atravesando los valles volcánicos de la Garrotxa. Le llamaban cariñosamente "el trenecito". Era el autobús de la época: en 1946 transportó más de medio millón de viajeros, además de toneladas de corcho, carbón y productos agrícolas. En 1969 sonó su último silbato.
Las vías desaparecieron. Las estaciones quedaron abandonadas. Y el valle se quedó en silencio.
Hasta que aquel trazado encontró una segunda vida. Los túneles excavados en la roca y los puentes metálicos sobre los ríos siguen ahí, pero ahora los cruzan bicicletas. Las estaciones se han convertido en cafeterías y centros de interpretación. Sobre esa red nació Pirinexus.
El primer día. Girona – Olot. La que se nos cayó encima.
Salimos de Girona y enganchamos con la Vía Verde del Carrilet. 66 kilómetros sobre el trazado del trenecito. Sombreado, perfectamente cuidado, con las antiguas estaciones reconvertidas en bares donde puedes parar a por agua o un café. Una ruta que parece preparada para que la disfrutes.
El problema es que aquel día la tormenta no estaba leyendo el mismo guion.
A los seis kilómetros empezó a chispear. A los treinta no se veía la rueda de delante. Diluviaba con truenos, ráfagas y la sensación de que parar bajo un árbol era peor idea que seguir. Acabamos en Olot empapados hasta los huesos, con 75 kilómetros en las piernas. La ruta empezaba bien: con respeto.
El segundo día. Olot – Le Boulou. El día del Coll d'Ares.
El segundo día es el día. El que define Pirinexus. El que hace entender por qué esta ruta no va solo de pedalear.
Primero un puerto que calienta piernas y lleva hasta Sant Joan de les Abadesses. Allí enganchamos con la Vía Verde del Ter, otra antigua línea ferroviaria recuperada, hasta llegar a Camprodón. Y en Camprodón, justo al lado del carril bici, aparecen los búnkeres.
Son dos. Hormigón macizo, una rendija mínima para disparar y nada más. Los construyó el ejército republicano para frenar el avance de Franco hacia Cataluña. Funcionaban como un gran angular: desde dentro, disparar era fácil; desde fuera, acertar por aquella ranura era casi imposible. Y ahí siguen, en mitad de una vía verde por la que hoy pasea la gente con sus hijos.
A partir de Camprodón empieza el Coll d'Ares. Catorce kilómetros de subida ininterrumpida hasta la frontera con Francia.
Por este puerto, exactamente, cruzaron en aquellas tres semanas del 39 alrededor de 100.000 personas. Cuando llegaban arriba, Francia los acogía. Y luego los encerraba en un campo improvisado en pueblos como Prats-de-Molló, Argelès-sur-Mer o Amélie-les-Bains. En Prats-de-Molló, los vecinos del pueblo salieron a recibirlos con pan, mantas y refugio. A los hombres considerados aptos los mandaban después hacia la costa. Algunos acabarían reclutados en el ejército alemán cuando las tropas nazis ocuparon el sur de Francia.
Pedalear esa subida sabiendo todo eso es una experiencia rara. El paisaje es uno de los más bonitos de toda la ruta. Y al mismo tiempo es uno de los lugares más cargados de Europa.
Coronado el puerto, cuarenta kilómetros de bajada por el lado francés y, casi como una metáfora, otro tiempo: la cara española seguía nublada y oscura; la francesa, completamente despejada. La frontera no es solo una línea. A veces es también una barrera para las nubes. Cerramos el día en Le Boulou. 110 kilómetros y dos puertos en las piernas.
El tercer día. Le Boulou – L'Escala. Eurovelo 8.
El tercer día arranca en Francia y nos devuelve a España por una zona más amable que el Coll d'Ares. Parte del tramo coincide con la Eurovelo 8, una de las grandes rutas cicloturistas europeas. Cruzamos la frontera por una carretera asfaltada hace pocos años solo para que los ciclistas no tengamos que pasar por La Jonquera y su tráfico. El tipo de obra que demuestra que cuando hay voluntad, las rutas se cuidan.
Antes de llegar a la costa toca un descenso técnico: una rampa larga de más del 30%, trialera, algún tramo donde si no tienes mucha experiencia con la gravel hay que poner pie en suelo. La suspensión delantera de la gravel se gana el sueldo aquí.
Acabamos en L'Escala, en un camping en mitad de la nada, con tienda de campaña y hamburguesas al hornillo. 88 kilómetros con sabor a aventura.
El cuarto día. L'Escala – Girona. Cerrando el círculo.
El último día es el más amable. 80 kilómetros bordeando la Costa Brava por carreterillas y caminos pisados, atravesando Palamós, Palafrugell y un puñado de pueblos medievales del Empordà. La ruta te obliga a meterte por el casco histórico de cada uno en lugar de saltarlos por la nacional. Es un detalle que se agradece.
Los últimos 30 kilómetros vuelven a engancharse con la Vía Verde del Carrilet, esta vez en sentido contrario al primer día. Cerrando el círculo. Volviendo al punto de partida.
Lo que queda.
Pirinexus se vende como la ruta cicloturista más larga del sur de Europa. Y lo es, pero ese titular se queda corto.
Por aquí huyeron miles de personas buscando libertad, dejando atrás su tierra, sus raíces, su vida. Algunos regresaron con el tiempo. Muchos jamás pudieron volver. Hoy, al recorrer este paisaje en bicicleta, no solo descubrimos las montañas, los volcanes y la costa. Descubrimos las historias que estos caminos todavía guardan.
Cada kilómetro recuerda a quienes pasaron por aquí empujados por algo mucho más fuerte que el deporte.
La esperanza.
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